El K-pop se apodera de las Semanas de la Moda europeas: La influencia de las estrellas en Milán, Londres y París SS26
by Hasan Beyaz

Foto de Jacopo Raule/Getty Images para Prada
La Semana de la Moda de Milán SS26 no parecía tanto una temporada más en el calendario como un traspaso cultural. Lo que ocurrió en las pasarelas fue importante, pero lo que ocurrió en los asientos -y en las retransmisiones- contó una historia más amplia. Para cualquiera que observara las cifras, era imposible no darse cuenta: esta edición de la Semana de la Moda se ha inclinado decisivamente hacia el K-pop.
Según los nuevos datos de la agencia social Lefty, ENHYPEN se situó cómodamente en lo más alto de la clasificación de influencers, con un valor mediático estimado de 18,3 millones de dólares y una tasa de participación del 4,7% gracias a su puesto en la primera fila de Prada. Esta cifra es llamativa, pero lo realmente importante es que la lista estaba repleta de nombres del K-pop. Jin y RM de BTS. Karina de aespa. I.N y Bang Chan de Stray Kids. Momo, de TWICE. Siete de los diez primeros puestos no eran rostros heredados de la moda, sino músicos. Parecía más bien una lista mundial de música trasplantada a Milán.
Para quien no pertenezca al sector, es útil descifrar la jerga. El EMV (Earned Media Value) es básicamente la cifra en dólares que se asigna a la notoriedad que obtiene una marca por estar vinculada a una celebridad. Publicaciones, comparticiones, menciones, TikToks, titulares... todo se traduce en lo que costaría comprar ese nivel de exposición como publicidad. ER, o tasa de compromiso, es más simple: es el porcentaje de una audiencia que realmente interactúa con el contenido. Una ER alta significa que los fans no se limitan a pasar de largo: hacen clic, comentan y comparten. Juntas, estas dos métricas explican por qué las marcas persiguen a estas estrellas: la mezcla de alcance y reacción es oro en polvo.

aespa Oficial X
El desglose es revelador. La salida de Jin en Gucci generó 9,75 millones de dólares en EMV con una tasa de participación del 6,4%. La primera fila de Bang Chan en Fendi alcanzó el 13,6%, el tipo de cifra que haría sudar profusamente a un bloguero de moda experimentado. I.N en Bottega Veneta alcanzó el 10,4%, mientras que la aparición de RM en la misma marca obtuvo 3,11 millones de dólares. Incluso los llamados "más pequeños", como la presencia de Momo en Onitsuka Tiger por 2,95 millones de dólares, apuntan a algo más grande: no se trata sólo de cameos de famosos, sino de la prueba de que la energía del fandom se convierte directamente en valor mediático global.
Y esa es la verdadera diferencia. Un desfile de moda ya no es un asunto cortés y cerrado. Cuando ENHYPEN aparece en Prada, o Karina se desliza en el lugar en sastrería de pies a cabeza, el efecto dominó no se detiene al final de la pasarela. Ediciones en TikTok, reposts en Instagram, hilos en Twitter, discusiones entre fans en Weverse... cada atuendo se convierte en un mini ecosistema de contenidos. Las marcas no solo compran presencia, sino amplificación a una escala que eclipsa la cobertura de la vieja escuela.

Foto de Mike Marsland/WireImage
Puede que Milán haya sentado las bases, pero la influencia se ha extendido. En Londres, Seungmin, de Stray Kids, se convirtió en el centro de gravedad cuando apareció por sorpresa en Burberry. Con 10,3 millones de seguidores y un índice de participación del 7,3%, su presencia eclipsó a la mayoría de los influencers locales. Fue un recordatorio de que el poder del K-pop no se limita a llenar estadios; una sola aparición de un miembro más joven puede desencadenar una conversación que salte continentes de la noche a la mañana.
Sin embargo, el cambio se produjo en París. Los protagonistas de la ciudad no eran sólo diseñadores y modelos, sino nombres familiares para cualquiera que haya seguido el K-pop en la última década. Jennie, Lisa y Rosé de Blackpink. V de BTS. Felix de Stray Kids. Juntos suman decenas de millones en VEM: Jennie por sí sola supera los 10,1 millones de dólares, Lisa le sigue de cerca con 9,9 millones y Rosé con 8,1 millones. Y luego está V: casi 70 millones de seguidores con una tasa de participación del 9,4%. No se trata de una base de fans que mira desde la distancia, sino de una base de fans dispuesta a reaccionar en tiempo real.
Contrasta con Kylie Jenner, que publicó un VEM similar en París -alrededor de 10,2 millones de dólares- pero con una tasa de engagement del 0,4%. La diferencia es reveladora. El alcance sin interacción no es más que ruido. Lo que las estrellas del K-pop aportan a la moda es algo mucho más raro: un público que no solo está sintonizado, sino emocionalmente implicado. Cada look se convierte en un acontecimiento, cada cándida imagen en un ancla para comunidades de fans que se extienden por todo el mundo.

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El efecto dominó es más profundo. Milán, Londres y París ya no son compartimentos estancos. Funcionan como un escenario interconectado, y las estrellas del K-pop transportan la energía entre ellos. Para las casas de lujo, el cálculo es obvio: ¿por qué perseguir el alcance frío cuando se puede aprovechar la influencia participativa y comunitaria que se traduce a través de las fronteras al instante?
No todas las apariciones desempeñan el mismo papel. En algunos momentos se trata de sangre fresca. Seungmin en Burberry, Felix en París para Louis Vuitton... estos rostros jóvenes parecen la nueva ola, que tiende puentes entre la música y la moda con poco esfuerzo. Otros, como Jennie y Lisa, aportan el peso cultural que han ido acumulando durante años, convirtiendo cada invitación en un tema de conversación mundial antes incluso de que hayan puesto un pie dentro del recinto. El contraste es importante, porque demuestra que no se trata de un truco. La huella de la moda del K-pop no es monolítica: es estratificada, generacional y diversa.
Si ampliamos la imagen, se hace más evidente. Las semanas de la moda europeas de esta temporada no sólo han mostrado ropa, sino también el nuevo equilibrio del poder cultural. El K-pop ya no está al margen del lujo. Está en el centro, no como invitado ocasional, sino como fuerza motriz de la visibilidad, el compromiso y la narrativa en todo el continente.
Esto tiene consecuencias para la vieja guardia. Editores, estilistas, celebridades, su influencia sigue siendo importante, pero ahora comparten la sala con una fuerza que opera en términos diferentes: más rápida, más ruidosa y más participativa. Una invitación de Prada para ENHYPEN no es sólo una imagen de prensa, es un punto de ignición para una conversación global. Karina en Prada, Jin en Gucci, RM en Bottega Veneta: cada una de ellas no sólo "asistió", sino que cambió la forma en que los desfiles eran recibidos, debatidos y recordados.
Desde el punto de vista generacional, la lógica concuerda. Las marcas de lujo persiguen audiencias nativas digitales que definen la relevancia a través de hashtags, hilos de Discord y ediciones de los fans, no a través de las reseñas de Vogue. El K-pop no solo conecta con ese mundo, sino que es la taquigrafía que ese público ya habla. Por eso un traje de Prada en ENHYPEN no es sólo tela. Es un momento global compartido, reproducido en fan arts, transiciones de TikTok e interminables hilos de comentarios en tiempo real.
También merece la pena destacar la diversidad de estas apariciones. El carisma sencillo de Bang Chan en Fendi no tiene nada que ver con el minimalismo discreto de RM en Bottega. La precisión de Karina en Prada no tenía nada que ver con la presencia más elegante y casual de I.N. Cada actuación -porque eso es lo que es, en esencia- añade otra dimensión a lo que significa ser un "influencer de la moda" en 2025.

Cartelera
Cuando terminó la SS26, no sólo estaba claro que el K-pop había aparecido. Había remodelado la propia arquitectura de la influencia. Prada, Gucci, Fendi, Dolce & Gabbana, Bottega Veneta... los nombres tradicionales siguen teniendo prestigio, pero la amplificación pasa ahora por los conductos del K-pop. Ya no se trata de quién se sienta dónde, sino de quién puede movilizar a millones.
Y ese es el verdadero avance del futuro. Las semanas de la moda mantendrán sus pasarelas y su exclusividad, pero la autoridad cultural está cambiando. Una sola estrella de K-pop puede eclipsar toda una campaña publicitaria, no por el gasto, sino porque se encuentra en la encrucijada de la aspiración y la participación. Milán SS26 no fue sólo un momento de la moda, sino también cultural, y el K-pop ocupó un lugar central.